OPINIÓN: La derrota del bocinaje

Por: Guido Gómez Mazara

Aunque la inteligencia popular los definió como “bocinas”, es innegable que el proceso de descomposición de la opinión pública encontró un amplísimo espectro para que un club de filibusteros hiciera de la comunicación el escenario por excelencia para sumar sus voces al carruaje de un oficialismo seducido en edificar su verdad bajo la creencia de que el hecho cierto y verdadero era estructurado en función de sus dictados.
 
Líneas informativas que tenían de “eco” voces sopladas desde el presupuesto nacional, se asumieron como rectores de un mensaje constantemente maquillado por intereses políticos de altísima rentabilidad en capacidad de transformar a cualquier rufián en “líder” de opinión.
 
Atrás quedó el periodismo comprometido con las mejores causas porque en la nueva pasarela del éxito encontramos a comunicadores de fácil acceso a las ventajas oficiales y con enorme capacidad de conectar su “oficio” con un variopinto de actividades rentables que los convirtió en suplidores del Estado, gestores de cobros en instituciones, creadores de imágenes de funcionarios y bendecidos por un descompuesto exponente radial que desde tempranito gobierna a golpes de indecentes solicitudes financieras en la promoción de los ministros que resuelven.
 
La referencia del sacrificio y lealtad a los valores éticos en la información parecían derrotados y sus exponentes recibían el efecto reflejo de sus compañeros de redacción que dieron el salto del progreso arrodillándose ante el néctar del dinero contante y sonante de los politicastros que necesitan del “auxilio” para mantenerse en la palestra.
 
El retrato hablado del bocinaje se construyó alrededor del “status” de respetabilidad vía decretos en consejos importantes de la administración pública que servían de fuentes para financiar la imagen del gobierno.
 
La forma sustituyó el fondo, y por largo tiempo alcanzaron la gloria orquestando una percepción que comenzó a diluirse en la medida que los ciudadanos le “tomaron la seña” respecto de las distancias entre lo aderezado por los apologistas radiales y televisivos y una dura realidad que no sentía los efectos del avance porque en el barrio los atracos estaban a la orden del día, el hospital no suplía eficientemente los medicamentos, el desayuno escolar no llegaba con calidad a los niños y los niveles de desempleo en los jóvenes los lanzaban hacia un terreno de incertidumbre.
 
A golpes de papeletas, evocando a George Orwell, establecieron un ministerio de la verdad y todo pensamiento independiente sentía en carne propia las consecuencias de la intolerancia expresada en corte de publicidad, presión a dueños de medios para excluir el disenso y/o colocar en espacios inmanejables voces “cercanas” en interés de anular el tono de criticidad.
 
Al final de la jornada, los ciudadanos exhiben mayor nivel de inteligencia que algunos exponentes de su clase dirigente. Por eso, aunque los resultados electorales pautaron la dirección del candidato que representaba el cambio, también los votos de la victoria tradujeron el hastío de la gente ante todo un tinglado que creyó posible tomarnos el pelo.
Y ganó Luis Abinader, pero también perdió un estilo en la comunicación que optó por una propuesta presidencial que garantizaba la perpetuación de un modelo asqueroso y sin sentido del límite debido a que, su afán por trastocarlo todo, aterrizó en las redes sociales con un ejército de bots como correa de transmisión de falsos e injuriosos mensajes recreados por el PLD en la intención de confundir al elector y operados desde una entidad gubernamental como el DICOM que es una versión fatal del foro público siglo 21.
 
El triunfo del pasado 5 de julio se construyó sin las bocinas, ni mercaderes del derecho metidos a políticos que, en las próximas horas, inician su viraje “táctico” y buscarán protección porque su naturaleza los conduce a encontrar un nuevo amo que los preserve en las contratas ventajosas, publicidad oficial, consejos de administración y la gracia de los futuros ministros. Compren sus boletas y con tranquilidad tomen asiento para verlos.
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